Milnovecientosetenta

?Decíamos ayer, presidiendo un año que no acaba del todo. La evolución depende de su revolución constante. Esta sombra cobarde se presenta confusa y por la espalda. Los que saben son viejos. Los ignorados, más.

Opinión | 19 de noviembre de 2009
Consuelo G. del Cid Guerra

La poesía muere en brazos de otro tiempo. Vuelven los uniformes y el himno nacional. Fueron padres severos dictando malos hijos.

Ayunos y bandera, triciclos con tirantes, tocadiscos en casa por un baile agarrado casi sin respirar. Piratas del pecado con el lomo partido. Artrosis. Sobrecarga. El frío vendaval. Adiós, amor ?decíamos-. Adiós, hasta mañana-

La ciudad alterada en turbios altos mandos. Se nos comen las nubes, el polvo, los escudos arcaicos del peor mal nacido.

Es un manto de pólvora cada tarde en su sitio. Se reproducen solos. Cejijuntos, sobrados, poderosos tubérculos humanos.

La calle era un asalto. Te buscaba detrás de todos los semáforos, me ate a tu cinturón, ahogaste mi bufanda mientras un grito exacto de terror en los labios nos dispersaba a gatas, como perros o gatos, huyendo del ciclón, los hombres malos, ladrones del violeta, las lilas, el morado.

Les tuve tanto miedo. Nos golpearon tanto.

Me acuerdo de la plaza donde absolutamente todo lo juramos. De las cien mil consignas, la flecha decidida que atravesaba un árbol frente a la mercería. Una parroquia gris donde esconderos. Tu pulsera en mi cuello a modo de rosario. Acusándonos, tristes, sin razones de estado. Robamos los cristales, nos fumamos el humo en la capa caída.

Abrazamos el llanto de una sangre vistosa que atizaba mi escándalo, y al final de tu mano me cosía al anillo de un corazón metálico.

No dormíamos nunca por la alerta, el chivato de otros conservaba algún dato, quizás al fondo de un cine o en el bar. que aun luce nombre de asunto extraño. Los cascos reciclados, las últimas monedas, el tabaco por piezas y una manzana roja con caramelo y palo.

Nuestra ciudad enorme. El secreto de un cuarto con palabras mayores. El juzgado de guardia. Las fiestas de guardar. No quiero ser formal, te repetía. Me escapare contigo cuando cambien las cosas. Quieren cortarme el pelo ?asegurabas- , quieren que me lo corte para ser uno mas. Antes de que suceda me escapare contigo. Marcharemos muy lejos. No nos encontraran.

El invierno de un sábado rabioso dando paso a los puños se inundo de insumisos. Octavillas sembradas, bombas de luz, hogueras, pasamontañas, piedras, adoquines, palabras.

Las personas corrían como dioses y hadas por encima del tiempo. Por encima de todo, ajustando los hechos. Guardo aun la peonza que giro sin regreso. Es todo lo que tengo ?me decías-, por eso te lo doy.

Corría calle abajo mucho más que un ejército. Las porras del diablo en busca de unos huesos por solidificar. Flanco débil rendido, nosotros descompuestos.

Una garra prendida pisando los talones. Más aprisa, gritabas. Corre tu, yo no puedo. Tumbados al compás de los botes de humo, silbaban las botellas y unas balas de goma.

Te sangraba la ceja. Me arrancaron el pelo.

Y esposados los dos como lagartos secos, nos dio un revés el aire antes de entrar al tedio tocando fondo y miedo.

Te mire. Me mirabas. Y dijiste: ?Te quiero?.


 

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