Rectificación y sabiduría: "Ted" Kennedy y Ruiz-Giménez

En un lapso de veinticuatro horas, en este siniestro verano de 2009, han fallecido dos personalidades, una de alcance mundial, otra de alcance local, que han sido ejemplo de coherencia en su labor y de cómo lograr un reconocimiento sin estridencias, a base de trabajo y de constancia. Me refiero a Edward "Ted" Moore Kennedy y a Joaquín Ruiz-Giménez.

Opinión | 31 de agosto de 2009
Jordi Mata i Viadiu

Edward Kennedy, el último de un clan perseguido por la adversidad y considerado una familia real en un país republicano, cometió en su día, en 1969, un grave error que le condenó a perpetuidad a quedar al margen de cualquier intento de asaltar la Casa Blanca: conduciendo un automóvil probablemente con una copa de más, sufrió un accidente en el que murió su acompañante, una joven de 28 años, Mary Jo Kopechne. Tardó nueve horas en avisar a la policía. Tal dilación le condenó a ojos de muchos. Y quizá semejante trance sirvió de motor para su carrera, iniciada en el Senado norteamericano por el estado de Massachussets en 1962. En cuarenta y siete años de trayectoria política como senador y miembro del Partido Demócrata, pese a los dramas íntimos y familiares, que incluían la muerte trágica de cuatro de sus ocho hermanos, Edward Kennedy impulsó casi 600 iniciativas legislativas que se convirtieron en ley y que significaron avances en derechos civiles y laborales, educación, la lucha contra la pobreza, el acceso a la vivienda y la sanidad, campo en el que actualmente iba a presentar batalla, con las bendiciones de Barack Obama, para lograr que la salud deje de ser un privilegio para ricos. Además, reveló su perfil más combativo al oponerse a ese pelele tarado y autoritario llamado George W. Bush en la época de la guerra de Irak, que consideraba un fraude. Pudiendo vivir de las rentas que le otorgaba su apellido, prefirió trabajar para que los más desfavorecidos progresaran.

Joaquín Ruiz-Giménez, quien fuera el primer Defensor del Pueblo en España en 1982, provenía de las cuevas del franquismo. Ministro de Educación en la dictadura entre 1951 y 1956, este hombre de convicciones cristianas intentó desde dicho cargo y desde otros algo que se ha demostrado imposible en un país víctima de una guerra civil y orgullosamente cainita: dar la mano a los vencidos. Esta actitud le valió la animadversión de los cafres de la Falange, que se burlaban de él llamándole "Sor Intrépida" y le hacían entender que estaba mejor calladito. Progresivamente alejado del régimen, fundo en 1963 una publicación, Cuadernos para el dialogo, que pronto se convirtió en un punto de encuentro de opositores a Franco, reuniendo a comunistas y a cristianos progresistas, y que serviría de plataforma para filósofos, artistas, sociólogos y futuros políticos. Dos años más tarde abandonó su escaño en las Cortes para no seguir jurando los principios fundamentales del Movimiento (que realmente se concretaban en uno solo: que nadie se moviera). Muerto el dictador, se presentó sin éxito a las elecciones de 1977 al frente de la Federación de la Democracia Cristiana. Felipe González le rescataría en 1982 al nombrarle Defensor del Pueblo, cargo que se tomó muy en serio recorriendo despachos ministeriales para presentar las quejas que le exponían los ciudadanos. Ser la voz de aquellos que no la tenían la asumió con una integridad que hoy nos resulta utópica. Retirado de la vida política, presidió el Comité Español de UNICEF.

Sin ser primerísimas figuras, Kennedy y Ruiz-Giménez son ejemplos de comportamientos humanos dignos y de voluntad de servicio a la comunidad por encima de dimes y diretes ideológicos. Un político, como cualquier ser humano, puede equivocarse, defender lo incorrecto, delinquir y negar lo que sea que crea que rebaje su prestigio. El problema es cuando un político lo es solo por hacer todo eso. Hubo quien falló y supo enmendarse y enmendar su error, quien empezó en un bando y luego lo cambió por otro, no por cálculo, sino por desencanto con aquello que en principio juzgaba honesto. Kennedy y Ruiz-Giménez, por torpeza, buena fe o estrechez de miras, chocaron con realidades que superaban su personal concepción del mundo, y rectificaron para mejorar y contribuir a la mejora de los demás. No fueron santos, fueron personas que erraron y luego se ganaron a pulso el aplauso de la gente porque buscaron a golpe de esfuerzo la unión y el bien común y no el enfrentamiento, y eso hace que los actuales gestores o aspirantes a gestores de la cosa pública nos parezcan tan lamentables porque, de cara a la masa, nunca se equivocan, y si lo hacen gastan lo que no tienen para que no se sepa que la han cagado en vez de gastar lo que no tienen para corregir el daño hecho. Y en la vieja Iberia la cosa irá a peor a medida que vayan desapareciendo los principales actores de ese embeleco, en parte modélico, en parte chapuza para no tildarlo de timo, que se llamó transición. Las comparaciones con el ganado del presente pueden ser terroríficas. Prepárense.

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