La casa de los espíritus

La casa de los espíritus

Es una mansión sin techo donde habita el error. Es una farsa encubierta en nombre de muchos nombres cuya función clorofílica resulta convincente. Fácil para el invidente. Sencillo y a medida de ese próximo pié que se detiene. Clava. Crucifica y demuestra la resurrección de mil carnes cuya muerte social irremediable entrena a un grupo de ángeles custodios moldeados de nuevo con la arcilla de siempre, la más tradicional.

Opinión | 26 de marzo de 2009
Consuelo G. del Cid Guerra

Ángeles pretendidos y convertidos en guardias de seguridad. Ni una palabra de más. Nada fuera del guión. Espían todos los ojos y se mueve el músculo revelador. Santos, filósofos, pensadores, profetas. Ni un solo resistente. Te matan si te vas. Te matan si te quedas. Se te caen de los dientes una y todas las fundas. Provoca caries, desazón, desequilibrio, ansiedad, eléctrica confusión. Por lo que estuvo arriba descarnarán abajo. El precio del silencio lo conocen las casas por hacer. Edificios mortales que ni pagando a plazos curarán las heridas. A tumba abierta escribe y se lamenta el precio del poder. Mete su mano grande en cerebros escasos para tener ejército local. Cállate. Pide perdón por tu propio dolor, dale la vuelta al caso porque los cascos grandes se han creado imantados, y ahí te encausarán. La vida vuelve, como un tango rabioso. Arriba, abajo. Si puedes adelante, si hacia atrás te quedaras, tu rostro enajenado desgranará una culpa que no existe. Cállate, por si acaso. Si acaso un tren de lujo se te acerca, deja que tus oídos ensordezcan a solas y asalta los vagones de carga. Hazte maletilla, espontáneo, perdedor. No juegues con el toro por manso que parezca, pues morirá animal y de una sola cornada te llevará a la tumba. Si te acercaste, inútil, en nombre de tu alma. Si creíste, mortal y consecuente, una razón de ser, olvida los tambores que nunca fueron indios. Regresa al solitario terraplén. Escucha los olores que sin nada te encuentran, porque tú eres el ser. Filosófate a solas setenta y una mil dos veces, no te creas las pústulas en nombre de su autor. Matrículas de honor y caballero andante de figura brillante. Discurso terminal donde todo es carísimo. Nombre e identidad. Algo peor que mentir desde la inteligencia del mayor de los sabios. Más que lobotomías, torturas y naufragios. No es perder, es morir. No es la vida, acabarás en un tipo de coma indescifrable. Ellos mismos escribirán un agnóstico diagnóstico. Dibujan calaveras para el que no ve y el que no sabe. Tercer acto durmiente. Un compás infantil mide tu arco, y ahí estás, descifrado, acabado, torpe, tembloroso y violeta.

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