Adiós, adiós, bolero

Adiós, adiós, bolero

Si Ángela Dobrowolski fuera Ángel, no habría entrado en la cárcel. Eso lo sabemos muchas, prácticamente casi todas.

Opinión | 09 de enero de 2021
Consuelo G. del Cid Guerra

 

El espectáculo, servido como nunca, la ha dejado a la altura del betún. Nada que no hagan los hombres a diario sin que sean siquiera detenidos en la mayoría de los casos.

Persecuciones, insultos, apropiaciones indebidas, acoso, amenazas, allanamientos varios y demás. Casi nunca les pasa nada, o les pasa muy poco. Salen de los calabozos como hienas tras mearse encima a solas, y llorando. Algunos, incluso llaman a mamá entre lágrimas.

Se saltan órdenes de alejamiento, no acuden a las visitas con sus hijos concertadas en los puntos de encuentro, pero no les pasa nada. Y cuando ellas denuncian, corren el riesgo de quedarse sin niños. Ángela ha sido separada de sus hijos. Su pataleo personal y mediático parece cubrir de victimismo a él, su Ángel, un mártir de la locura extendida hasta su propia saciedad.

Pelucas de colores, asaltos, peticiones desesperadas. Una entrevista sin suerte donde ella no quedó demasiado bien, por cierto. Una auténtica "crónica marciana" llevada a las últimas consecuencias.

En todo este circo, Ángela Dobrowolski ha estado fundamentalmente sola en lo íntimo, y mal rodeada de personajes dudosos, tal vez los que encontró en ese mal camino iniciado a la fuerza. Y al fondo, el cuerpo de un delito que se discute al más puro misterio Von Bullow: la inyección de marras. Pasto morboso donde los haya para la prensa que acude, presurosa, colocando la alcachofa a todo bicho circundante.

Ángela Dobrowolski

Pelucas de colores, salidas cortas, un taxi en la puerta camino de los Juzgados... para entonces, ella ya estaba perdida en su propia historia.

Ángela, te deseo la mejor de las suertes. Son poc@s quienes sabemos lo que supone separarse de un magnate que todo lo tiene y -en consecuencia- casi todo lo puede.

Recuerdo la letra de aquel "bolero" de La Trinca en su "Opus 10", donde cantaban temas varios, que si el hombre venía de la patata, graciosos donde los haya.

Pero hoy, al traducir mentalmente la letra de aquel bolero, confieso que no me hace ninguna gracia. Pobres de nosotras, escasamente asistidas en el blanco y negro de una televisión con dos únicos canales en los que Martes y trece se burlaba de las mujeres maltratadas: "mi marido me pega, me pega mi marido". Entonces, La Trinca cantaba  un bolero de su propia cosecha que hoy me aturde en exceso, tras tomarme el trabajo de traducirlo al castellano:

"Parece que fue ayer, paseando con la Vespino, por las calles del barrio chino, cuando, de pronto, la descubrí. Sentada en aquel bar, depauperada y medio muerta, yo le abrí la puerta del sidecar. Por la leche que mamé, juro que maldeciría, mil veces aquel día en que la recogí.

¡Bandarra! es el nombre más adecuado que refleja fielmente que tú eres una indecente y una guarra.

¡Marcolfa! De dónde has salido tan golfa, si tu madre era una santa, y tú en cambio eres una hija de marfanta.

¡Petardo! Tres palabras, simplemente, te lo digo sinceramente, mira, chica, francamente, eres un cardo. Un cardo borriquero que ha crecido en medio del estiércol. Por eso, hoy que hace mal tiempo, te canto este bolero.

Y te diría que eres la luz de mi camino, y te diría que eres la estrella de mi destino. Te lo diría, pero mi corazón no lo siente así. Y te diría... ¡Garrapata!, aferrándoteme duro, me has chupado furtivamente la sangre y la cuenta corriente. ¡Qué jeta! ¡Podrida! Prefiero una cama de ortigas, llena de chinches y hormigas, antes de tenerte en el catre por amiga.

¡Cerda! Por todo lo que te he dicho, y más que todavía me callo, antes de ser tu marido, me la corto. Me corto la colita, como lo haría un torero. Basta de romance, y adiós, adiós, bolero".

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