Los "derechos humanos" de las Adoratrices

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Creíamos que la esclavitud, aquella que describía Mark Twain, había sido desterrada. Pero no es así. Todavía en pleno siglo XXI existe una forma de esclavitud.                         

Opinión | 13 de mayo de 2015
Consuelo G. del Cid Guerra

Son palabras pronunciadas por Soledad Becerril, durante el acto de entrega del Premio a los Derechos Humanos Rey de España, concedido por la Universidad de Alcalá y el Defensor del Pueblo a las monjas Adoratrices, Esclavas del Santísmo Sacramento y de la Caridad. La congregación, fundada hace 159 años por Santa María Micaela, colaboró con el franquismo a través del Patronato de Protección a la Mujer, institución presidida por la esposa del dictador, Carmen Polo de Franco.

Actualmente se dedican a las víctimas de trata, prostitución y violencia de género. Su cometido, así como la forma de hacer, cambió forzosamente junto con España, aunque la democracia les llegó más tarde ,cuando se quedaron sin internas caídas o en riesgo de caer, a mediados de los años ochenta. Ellas, las Adoratrices, arrastran su propia historia y cargan un lado oscuro que se ha mantenido impune hasta la fecha por puro desconocimiento. Entre el silencio de las propias monjas, hacedoras de un supuesto bien quebrantado en los interiores de sus conventos, y la ley del silencio, ese supuesto defensor del pueblo que habla les concede el Premio de los Derechos Humanos a las Adoratrices, que quebrantaron los más elementales derechos, esos mismos que hoy se defienden con forma de galardón entregado por Felipe VI, a decenas de miles de mujeres hasta los años ochenta.

Adolescentes encerradas por un beso en la boca, por fumar en la calle, saltarse las clases, manifestarse, llevar la falda corta, ser huérfanas, estar abandonadas, quedarse embarazadas...

Soledad Becerril, que cita a Mark Twain refiriéndose al destierro de la esclavitud, desconoce por completo a Las Desterradas Hijas de Eva: mujeres que luchamos por reivindicar lo sucedido, sometidas, encerradas en los conventos de las Adoratrices en régimen carcelario, explotadas laboralmente sin percibir salario alguno, castigadas en cuartos de aislamiento, obligadas a rezar, fregar, obedecer y fingir, mientras intentaban, con todos sus medios, anular personalidades, lavarnos el cerebro e imponer el patrón femenino del régimen con especial devoción. Auspiciadas por el Patronato de Protección a la Mujer, que les entregaba una cantidad mensual por interna, explotaron a menores en sus talleres de trabajo durante más de cien años, y sus redentores internados no pasaban especialmente por la formación académica (tres horas de clase al día), aunque sí por personajes como el Doctor Eduardo Vela, profesor de Auxiliar de Clínica en el convento de las Adoratrices de Padre Damián 52, que acudía diariamente con su bata blanca a impartir las clases para contar, nueve meses más tarde, con mano de obra gratuita en la Clínica San Ramón. Vela, principal imputado en la trama de robo de bebés, estaba directamente relacionado con el Patronato y las Adoratrices, que recibían, gozosas, a chicas recién llegadas de Peña Grande -reformatorio de madres solteras- con los pechos vendados, hemorragia pos parto incluida, y sin niño. Nadie preguntaba nada. Las chicas desaparecían, iban, venían de un reformatorio y otro, castigadas, expulsadas, atentando algunas contra su propia vida antes de continuar soportando aquel régimen de internado castrador, e ingresando a las incorregibles en el psiquiátrico de Ciempozuelos para los restos. Nadie rogó por nosotras. Nadie se detuvo a contemplar lo que sucedía en el interior de los reformatorios de las Adoratrices. Estoy casi segura de que Soledad Becerril no lo sabe, y Felipe VI, tampoco. Los expedientes han desaparecido. Ellas mismas afirman haberlos destruido por miedo a que se deterioraran -palabras textuales de una adoratriz de Madrid encargada de los archivos en 2014-. Nos quedan las fotografías y el testimonio, demoledor en muchos casos. Teresa Fernández Gismero estuvo en las Adoratrices de Albacete. Desde el primer segundo se sintió presa, sin saber por qué. Era -como yo- una rebelde de los 70 que acudía a manifestaciones contra Franco. Inició una huelga de hambre que se prolongó cuarenta días, hasta que cayó desmayada. Las monjas no movieron pieza. Despertó llena de tubos, al borde de la muerte, en un hospital. Nadie la creía, del mismo modo en que nadie me creyó a mí cuando intentaba explicar lo que nos hacían ; aunque su madre, finalmente, al encontrarla en semejante estado sin que adoratriz alguna se hubiera preocupado en absoluto, decidió sacarla de allí.

-Volverá -dijo la monja-. Es una rebelde. Volverá, seguro que la traerá la policía.

Teresa no volvió. Sigue siendo rebelde. Una gran parte de todas nosotras, también. Y una gran parte de Las Desterradas Hijas de Eva pasamos por las Adoratrices. Su premio a los derechos humanos es un golpe bajo en la boca del estómago. Celebramos que en los últimos años se dediquen a las víctimas de trata, a la violencia de género y a las mujeres que deseen abandonar la prostitución, pero nos preguntamos muy seriamente dónde queda el trato recibido, su violencia de género y todas las prostitutas que jamás lo fueron y así se las llamaba, sin más, por las malas y desde su cuestionable concepto del bien. Nos preguntamos qué hacían con el dinero de nuestro trabajo, con el Doctor Eduardo Vela, con los niños desaparecidos, con las ingresadas en manicomios. Queremos respuestas, una palabra, un careo, un mínimo reconocimiento por el daño causado y que se contemple el clima moral de sus asuntos. Queremos saber por qué nos encerraron, por qué nos castigaban, por qué no podíamos hablar libremente, por qué nuestra intimidad se reducía al retrete y por qué, ahora, nuestros derechos humanos no cuentan. Las adoratrices crearon un sistema penitenciario oculto, colaboraron con el franquismo y sometieron menores hasta los 25 años. Que su premio presente pase por asumir ese pasado reciente que queda por resolver. Tenemos muchas cuentas pendientes y un gran ajuste de hechos.

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