Quiero y no puedo

Hubo un tiempo -cercano- en el que vivir de alquiler era cosa de colgados. Había que comprar piso y tener propiedad privada. Cierto que los alquileres alcanzaron cifras tan desorbitadas como similares a las hipotecas. Hecha la ley, hecha la trampa, y en la trampa cayeron muchos, porque se podía. En aquel tiempo -cercano- también era de colgados no tener coche, y lo que es más, como no lo tuvieras, pasabas a ser individuo sospechoso y al borde de lo antisocial.

Opinión | 07 de abril de 2014
Consuelo G. del Cid Guerra

Pero España iba bien. Las bajas médicas por depresión se sucedían con una frecuencia pasmosa aumentando el absentismo laboral, y el españolito de a pie se negaba a realizar trabajos determinados que parecían estar hechos para inmigrantes, entre los que también había "clases": Un moromierda era el marroquí, y un árabe el moro con pasta.

Muchos decidieron de ser cristianos para hacerse budistas con la misma rapidez en que se multiplicaban las bajas por depresión, y los certificados de estudios primarios alcanzaron su más noble cum laude añadiendo cursillos sobre medicinas naturales, asuntos invertebrados, flores de Bach, imanterapia, videncias varias y filosofías inexistentes que quitaban ese pelo guarro de la dehesa y mucho resentimiento. Todo cristo estudiaba materias inorgánicas y todo cristo se operaba alguna parte del cuerpo. Los gimnasios hacían su agosto y el año entero. Las tarjetas de crédito mostraban un nuevo mundo de plástico con el que jugar a plazos comprando en grandes superficies donde -a troche y moche- se aparaba un gran coche en el que un muñeco de plástico chino movía la mano saludando al aire.

Ahora la gente se mata porque no puede pagar la hipoteca y les echan del piso. Los inmigrantes somos nosotros, camino de cualquier país centroeuropeo por un salario de hambre, ya no se sabe del todo a qué dios acudir en busca de consuelo, muchos se cuelan en el metro y las depresiones -reales- ni siquiera son correctamente atendidas. Todo esto ha sucedido muy aprisa, y habría que preguntarse por qué. Poder no significa siempre querer, y viceversa. Alguien se colocó por encima de nosotros mismos entregándonos todos los juguetes, todos los pisos, todos los coches. Y con eso se jugó hasta quemar la baraja. En ese juego sucio se aposentaron muchos, cuya espalda quebrada no sabe mirar atrás. No quiere, o no puede. La falta de ideología genera monstruos. Las malas bestias de siempre que se unen a la masa en busca de otro peldaño a escalar. Las que están por debajo y estarían encima si pudieran, haciendo genuflexiones al mandamás de turno.

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