Burgos arde

Cuestión de obras, y por ellas se les conoce, levantados, amaneciendo. Son ya cinco largos días.

Opinión | 14 de enero de 2014
Consuelo G. del Cid Guerra

Cuarenta detenidos, piedras y fuego. Burgos está indignado. Su estallido puede ser el principio de una gran tempestad, la necesaria, la de una onda expansiva hacia el resto de España. Más de cinco mil burgaleses dispuestos a dar la cara, en contra de la reforma de una calle. Contenedores ardiendo, caceroladas, lunas de escaparates reventadas. Muchos días atrás se habían manifestado pacíficamente, con esa actitud que no cuenta, puesto que dejaron de contar con todos. Alguien me dijo una vez que para que te hagan caso hay que romper cristales. La verdadera revolución es un acto violento en el que se consiguen cambios drásticos. Burgos arde, se crece, abandona ese talante de pueblo tranquilo impidiendo el paso de taxis y autobuses. Heridos, detenidos, eso que ahora llaman "daños colaterales" por si hubiera algún muerto que se oculta en el acto con sus tupidos velos.

Burgos se ha levantado por encima de todos, por algo que va mucho más lejos de la protesta vecinal. Burgos cruza la frontera del más allá, sobre la falta que nos hace, el estallido social, hasta que no sea más que una ruína a sus pies. Lo dijo Maribel Verdú en Amantes, sentada frente a la catedral, dispuesta a ser asesinada en silencio por el hombre que amaba: Me romperé las piernas, me sacaré los ojos, me cortaré las venas y los pechos hasta que no sea más que una ruína a tus pies.

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