Sabias decepciones

El nuevo año es siempre una gran incógnita. Decía Mohamed Chukri que somos dueños de nuestro propio destino, y puede que sea cierto, aunque de una forma u otra nos dejamos moldear guardando las apariencias.España es un país tan tremendamente bipolar, de tan grandes extremos, que uno no sabe del todo hacia dónde le tensan la cuerda. Prevalece lo cómodo y aflora lo establecido aunque no sigamos las normas, concepto perdido en su propia y ensimismada enajenación. Ahora el más pintado se considera antisistema, revolucionario el pelota de anteayer y rojo el otrora apolítico.

Opinión | 01 de enero de 2014
Consuelo G. del Cid Guerra

No nos engañemos: Lo que duele es la falta de dinero. Se acabó lo que se daba, en nombre de los bancos o nuestra santísima culpa. Gastar más de lo que se gana es oficializar la farsa, y sobre esa gran comedia nos quedamos cuando España iba bien, sintiéndonos protagonistas de la más mediocre historia. Mandos intermedios a sujetos que apenas sabían escribir correctamente, personajes de corte chusquero, resentidos, con un ansia de poder tolerado, puestos a dedillo y despedidos tras infinitos entuertos por un verdadero dineral. Contratos blindados, ejecutivos de lujo que miraron por encima del hombro al personal de estructura, y ya no digamos a la mujer de la limpieza. El día en que se legalizó un delito conocido como prestamismo laboral dando paso a las famosas ETT (Empresas de Trabajo Temporal), empezó el autoengaño. Los sindicatos no hicieron gran cosa al respecto, excepto bautizar los contratos basura, asumidos como un mal menor.

Hubo un tiempo no muy lejano en que despreciamos determinados tipos de empleo para dejarlos en manos de inmigrantes, en que las bajas por depresión se multiplicaban con una rapidez asombrosa, y no precisamente porque el país fuera triste. El trabajador seleccionaba empresa, que no al contrario. Los derechos, el abuso, la soberana jeta, el empresario cabrón, el trabajador víctima. Vivimos de farol, con cara de póker y vacilando a todo el personal que se nos puso delante. Ahora nos cambian el nombre de las cosas y bajo el término outsourcing estás despedido, cuando hasta hace cuatro días la palabrita de marras significaba tanto. El lenguaje de la derecha se impone con la misma chulería que te impusiste tú, y tú, y tú... creyendo que por tener despacho eras el rey de un mambo no nativo, aunque definitivo. Los daños colaterales entrañan muertos, pero sus cadáveres pasan de largo y en silencio cuando nadie, ya absolutamente nadie, los reclama.

Quienes cruzamos fronteras en busca de esperanza somos nosotros, los que despreciamos a tanto inmigrante latinoamericano o marroquí. España es una gran caja de cerezas, ese fruto granate, esa bola con hueso, casi ácida, de temporada. Coppini murió hace muy pocos días y sus malos tiempos para la lírica se instalan, como nunca jamás, sobre todos nosotros, tan terriblemente mal educados, insensibles, cobardes y conformes.

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