Coto Matamoros, el regreso

Coto Matamoros, el regreso

Se marchó cuando quiso y siempre pensé que volvería cuando le diera la gana. El salvaje es lo que tiene, no se le puede domesticar bajo ningún concepto.Jugó con la audiencia a la carta más alta y supo ganar con creces sobre todas las cosas. Hagan juego, decían.Y Coto se la jugaba.

Opinión | 08 de julio de 2013
Consuelo G. del Cid Guerra

Es un ser descatalogado, y por eso triunfaba. De él he hablado mucho, y siempre en su defensa. Tiene corazón de oro y afirma que la memoria es la inteligencia de los tontos. Es muy listo.Sigue drogándose y ?a diferencia de otros- él lo dice. No se reconoce porque jamás dejó de conocerse. Se sabe.Canalla, gángster, politoxicómano, terriblemente sincero.

Coto es un muñeco que hice yo, un invento mío, yo le enseñé. Luego se convirtió en Frankenstein y se me fue de las manos. Las cosas de su cosecha son las más nocivas.

Lo dice su hermano gemelo, Kiko, y puede que incluso se lo crea. Pero Coto fue un personaje creado por Javier Sardá para Crónicas Marcianas. Sardá le concedía licencia para matar de lunes a jueves, y Coto se comía la audiencia, la levantaba como un verdadero huracán, a última hora, y se tiraba al público, se subía a la mesa,gritaba como un lobo, insultaba y mordía mientras coreaban su nombre. Hubo un tiempo en que Crónicas contaba incluso con Leopoldo María Panero en una tertulia corta de esquizofrénicos. Estaba también Mariano-Mariano contando chistes, Galindo escenificando y un Boris Izaguirre emergente que subía y subía como la espuma. Fueron noches muy célebres en las que Coto siempre se llevó la palma. Se hizo el amo. Por encima de cualquier recién llegado friki, del último gran hermano y de su propio gemelo.

Se dice que andaba esnifando por los pasillos, pero nadie le dió un toque. Lo dicen ?presuntamente- los que de toda la vida invadieron lavabos. Porque en el baile este, de cocaína no se libra ni el gato. Pero la palabra resulta que no se puede decir, aunque ?sin embargo- sí es lícito despellejarse, hacer del cotilleo una profesión, despedazar a unos y otros,calumniar, vilipendiar, ofender, meter todos los dedos en la llaga vigente para después abrazarse como si tal cosa. Pero la palabra cocaína, no se puede decir.

Los gemelos se odian hace ya mucho tiempo. Casi tanto como se han querido. Se apuñalan a dúo y clavaron dos cruces en el monte de su olvido. Algo de circo hay, presuntamente. Kiko dice que empezó de investigador para lo público, y poco a poco fue subiendo hasta alcanzar la silla que ostenta desde que se marchó Coto. En el reparto de cerebros, uno de los dos se llevó la mejor parte.

Kiko se ha sometido a varias operaciones estéticas y desprecia a su hermano por lo del tatuaje en la cabeza. Yo es que eso me lo cuestiono como un desagradable asunto donde reina la doble moral. Ahora, ese Kiko operado, de pequeñas orejas y matrimonio estable, que nunca jamás en su vida se ha drogado con nada, pero nada de nada, le enmienda la plana a Coto con una facilidad pasmosa. A mí, salvando las distancias, me recuerdan muchísimo a los hermanos Mantle, aquellos gemelos interpretados por un sólo actor, Jeremy Irons, en la película Inseparables (David Cronenberg, 1988).

Irons tiene ese misterio que también acompaña a Coto. Kiko está encantado de haberse conocido, pero va por su cuenta. Ambos se benefician a la misma mujer y ella acaba enterándose. Físicamente sólo les separan dos centímetros. Uno de los dos, muere. Son idénticos. Y no saben, no quieren ni pueden vivir uno sin otro.

 

 

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