Amores que matan

Independientemente de las consecuencias físicas que acarrea el maltrato a la mujer y de las que, por desgracia, tenemos constancia evidente, existen otras, mucho más silenciosas que se manifiestas psicológicamente.

Opinión | 16 de marzo de 2009
Gloria Mateo

Es lo que Walker denominó el "Síndrome de la mujer maltratada". Uno de los signos, entre otros, que presenta el mismo, es la distorsión cognitivas que tiene la víctima y que consisten en que no percibe el maltrato que está recibiendo, negándolo repetidamente.

Son muchos los factores que pueden intervenir en este hecho: su autoestima mermada de una manera progresiva, teniendo la sensación de que no sirve para nada (sobre todo si su pareja se lo repite constantemente); el pensar que no va a poder seguir adelante sola; el miedo y, por otro lado, algo que ocurre de una manera mucho más frecuente de lo que nos podemos imaginar: la dependencia emocional hacia su agresor. Todos ellos la pueden conducir a una inmovilidad emocional que la paralicen. Digamos que sería como una especie de estado catatónico ante el que no reacciona.

Estos días, estamos siendo testigos de las declaraciones de Violeta Santander respecto a su tormentosa relación de pareja. Ella niega constantemente que haya sido maltratada y se rebela ante cualquier argumento que le pueda indicar lo contrario. Parece que hay subyaciendo alguna emoción mucho más intensa que incapacita su raciocinio.

No soy su psicóloga. Pero creo que mientras no perciba por sí misma que tiene un problema, es muy probable que no busque ayuda. Salvo la que recibe, como dice, por las consecuencias que le acarrea la presión mediática que está recibiendo.

Posiblemente estaríamos hablando de una mujer con una dependencia emocional, de la que no es responsable, (no caigamos en el error de decir de que la mujer maltratada sigue siéndolo porque quiere) que está mucho más volcada en las virtudes de su pareja, que en poner a buen recaudo su propia vida física y emocional. Es pues, a mi juicio, víctima, no sólo de su agresor, sino de sí misma. Como digo siempre: nada justifica la violencia.

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