Desprecio catalán

El desprecio explícito que en demasiadas ocasiones se muestra, abiertamente o solapado, hacia los catalanes, es digno de análisis. Resulta cuanto menos llamativo que personas que creen no simpatizar con los catalanes tengan, paralelamente, conocidos (incluso amigos) catalanes con los que se llevan de fábula. Para ellos, que jamás han estado en Catalunya, sus amigos son excepciones que no coinciden con la media de los catalanes.

Opinión | 15 de abril de 2011
Isaac Villabona

¿Qué mueve a una persona a sentir antipatía hacia algo que desconoce? Voy a establecer una serie de comparaciones que ayuden a explicar el fenómeno.

Para situarnos, imaginemos una situación por la que casi todo el mundo ha pasado. Un amigo en quien confiamos, llamémosle Fulanito, nos habla de Menganito. Menganito, que es una persona de la que hasta ahora no conocíamos ni el nombre, se nos pinta como alguien despreciable. Lo es por cotilla, por egoísta y por majadero. Además, a Fulanito, Menganito le cae mal desde el día que se enteró de que había dejado a su novia, Marujita, sin dar explicaciones y sumiendo a ésta en profunda depresión. Durante una semana, el trato dispensado a Marujita por Menganito es debatido en nuestro círculo de amigos y todo el mundo coincide en que Menganito es una de esas personas a las que es normal tener manía.

Al cabo de un mes, en la fiesta de cumpleaños de Teresita, amiga de Marujita, el destino nos sitúa en el mismo marco a Menganito y a nosotros. Con una idea preconcebida de Menganito, la cortesía nos obliga a tenderle la mano cuando Teresita nos lo presenta, pero nada más. No queremos trato con alguien tan despreciable.

Lo cierto es que Menganito tuvo que cambiar todas las puertas de su casa desde que los cuernos que Marujita le había puesto le impidieran pasar por ellas. A pesar de ello, siguió con Marujita a cambio de que ésta no volviera a engañarlo, pero ella reincidió.

El coste de las nuevas puertas de la casa de Menganito lo empujó a una situación económica ajustada y, como todo el mundo sabe, cuando el dinero sale por la puerta, el diablo entra por la ventana. El mal ambiente se apoderó de la relación entre Menganito y Marujita y al final, tras una humillante pillada, Menganito mandó a paseo a Marujita. La quería, pero no podía soportar esa situación cuernil y financiera. Adiós, Marujita.

Esta, movida por la culpabilidad, cayó en una profunda depresión que no pasó desapercibida a sus amigos, Fulanito incluido. La vergüenza impidió a Marujita confesar la verdadera causa de su ruptura y solo expresaba el dolor que sentía después de que Menganito la dejara, y eso es todo lo que vieron sus amigos. Menganito pasó a convertirse en una persona despreciable por haber llevado a Marujita a semejante estado.

Pero eso nunca lo sabremos porque no conocemos, ni conoceremos porque no queremos conocer, a Menganito.

Algo similar pasa con Catalunya.

Yo soy catalán afincado en Tenerife. A pesar de ser abiertamente catalanista, incluso independentista, caigo bien a mucha gente. Sin embargo, también me he enfrentado a situaciones abiertamente estúpidas, como que un parroquiano abandone el bar en el que está por la única razón de que yo, de quien no tiene más referencia que la de que soy catalán, también esté en el mismo lugar.

La madre de un amigo, canaria de nacimiento, ha vivido muchos años en Catalunya y ya está harta de debatir con sus amigas el tema catalán. Para ella, que ha vivido y trabajado allí durante tantos años y que por tanto lo conoce, la opinión que tienen sus amistades de Catalunya está espantosamente distorsionada. Para sus amistades, que no han puesto un pié en mi tierra en su vida, la madre de mi amigo se comporta como si perteneciera a una suerte de secta llamada Catalunya. Pero claro, es que sus amistades ven, día a día, de Catalunya, lo que otros les cuentan por televisión o por la prensa.

Debe ser el mismo motivo por el que el otro día un amigo mío me dijo que los catalanes no le caían del todo bien.

-¿No te caigo bien? -le espeté-
-Bueno, pero tú eres una excepción.
-¿No conoces más catalanes?

Tras reflexionar no más de 10 segundos, cayó en la cuenta de que en su trabajo había dos catalanes con los que se lleva de maravilla.

-Entonces -apunté- ¿por qué no te caen bien los catalanes?

La evidencia bastó para admitir que su opinión sobre Catalunya y los catalanes le ha sido inoculada. De no haber incidido sobre ella, o de haberse tratado de una persona menos dada a la reflexión, tengo el firme convencimiento de que seguiría pensando que no le gustan los catalanes.

El desprecio explícito que en demasiadas ocasiones se muestra, abiertamente o solapado, hacia los catalanes, es digno de análisis...

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