Vicente Ferrer

Vicente Ferrer

La iglesia de Santa Maria del Mar se ha hecho pequeña esta tarde. Muy pequeña. Personas de todas las clases sociales han querido acudir al funeral por Vicente Ferrer. El calor era insoportable, todos los asientos estaban ocupados y no cabía un alfiler. Se respiraba cariño, respeto, afecto y admiración hacia el hombre que entregó su vida entera a los más necesitados.

Editorial | 02 de julio de 2009
Consuelo G. del Cid Guerra


La primera música : ?Dolca Catalunya, patria del meu cor? (Dulce Cataluña, patria de mi corazón). La final: ?Babbino Caro?, de Puccini, interpretada por una soprano extraordinaria. Varios cooperantes de la Fundación han pronunciado pequeños discursos : Grandes palabras, las justas. Se han leído incluso textos del Corán, transmitiendo que la bondad solo es una, la entrega solo es una, y los grandes hombres se encuentran en todas las religiones, creencias o actuaciones personales. Porque lo que importa y lo que cuenta al final del camino son los hechos. El mundo está lleno de predicadores, y las iglesias de sermones. Santa Maria del Mar, esta tarde ha estado llena de amor y reconocimiento a la labor de un gran hombre. Escribí hace pocos días que soy atea y ahora añado sin ningún tipo de reparo que también soy anticlerical. No creo en la iglesia. Escribí, también, que el corazón de Vicente Ferrer me ha llevado hasta allí, donde hice mi primera comunión hace más de cuarenta años.

Y me ha llevado un hombre. Sí, un hombre. Ningún dios.

Las palabras de esa mujer entera, auténtica y firme, que fue y será siempre su esposa, han arrancado aplausos, lágrimas y sonrisas. Anne Ferrer ha dicho:

?Todo el mundo quiere que Vicente Ferrer descanse en paz. Pero yo conozco a mi marido, y sé que no tiene intención de hacerlo?. La Fundación seguirá luchando por los más desfavorecidos. La verdadera creencia parte de los hechos reales. Estoy cansada de palabras, citas y teorías. La bondad es actualmente hasta mal interpretada. Se ha perdido el verdadero significado del bien. Hemos secuestrado los conceptos a cambio de una vida cómoda. Somos egoístas, nos creemos sabios y dueños de nuestra propia historia. Pocos, muy pocos, ayudan de verdad. He salido de allí convencida de que no soy una imbécil, de que no estoy equivocada. Y el abrazo que he podido dar a esa gran mujer que es Anne Ferrer, me ha invadido de paz y fuerza al mismo tiempo.

Bendito seas, Vicente Ferrer.

 

 

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