TROLOLOLOLOLOLO-LOLOLOLO-LOLOLOLOOOO?

TROLOLOLOLOLOLO-LOLOLOLO-LOLOLOLOOOO?

Es el absurdo más descacharrante y genial que ahora mismo circula por Internet con galones de éxito y que logra incluso el milagro de hacerme reír. Se trata de la grabación, en 1976 y en la televisión soviética, de una canción con un título de lo más inocuo: ?Estoy contento, vuelvo a casa?, o algo por el estilo. Si se hubiera titulado: ?Voy a operarme de cistitis y a meterme a monja después?, por ejemplo, nos habría dado exactamente lo mismo, porque la, llamémosla, letra no tiene correlación con título alguno. Sencillamente, no hay letra.

Cultura | 31 de marzo de 2010
Jordi Mata i Viadiu

Lo que oímos es una vocalización, muy buena, por cierto, aunque sea un play-back, porque el cantante es un barítono, Eduard Khil, que entonces era una celebridad en su país y que tenía a sus espaldas una carrera iniciada en 1949, en tiempos de Stalin. El efecto de la vocalización ha hecho que el video de esta reliquia de 1976 sea conocido como el del ?señor Trololó?.

El espectáculo dura apenas tres minutos. La música es pegadiza, una curiosa amalgama dominada por un aire de western en la que Khil mezcla un alarido tirolés con notas de bajo que te transportan a una misa ortodoxa y con carcajadas propias de Papa Noel. Hay momentos que dan la impresión de escuchar un aria de Donizetti ambientada en un supermercado. A nadie le hubiera extrañado que a Khil le hubiera acompañado en el escenario, de una sobriedad espartana y marrón, un rebaño de vacas, un grupo de buscadores de oro o el séptimo de caballería en una cantina disfrutando de un permiso. Y tampoco hubiera sido raro que le filmaran cantando en la ducha, porque esas engoladas inflexiones en la voz son habituales bajo el agua, expresión de satisfacción, cuando uno se levanta de buen rollo tras haber dormido bien o haber fornicado con Brad Pitt o Angelina Jolie, a elegir. O con ambos a la vez.

Pero si la cancioncilla ya tiene guasa, el aspecto del cantante es para que a uno se le desencaje la mandíbula de la hilaridad y creo que es lo que explica lo inexplicable, que esta gloriosa sandez esté triunfando alrededor del mundo. Uno se pregunta si los padres del bueno del señor Trololó-Khil fueron unos robles, unos perales (llámense José Luís o no), unos alcornoques o cualquier otra especie de árbol. Porque les juro que anteriormente nunca había visto a nadie con pinta de ser de madera. Es como enfrentarse a Monchito, el muñeco del ventrílocuo Moreno, cuando ya ha cumplido cuarenta años. O a un armario barnizado y trajeado, tan barnizado que piensas que los soviéticos debían de saber un montón de genética antes de que la disciplina se pusiera de moda y obraron el milagro de dotar de vida a un muñeco de cera. Añádanle que el hombre tiene facciones más bien cuadriculadas y no se sientan culpables si les cruza por la mente que el cirujano plástico que ha rediseñado a la Esteban puede ser ruso, que de pequeño sufrió un trauma al ver la versión buena de Frankenstein, la de 1931 con Boris Karloff, y que hizo sus pinitos con el bisturí teniendo a Khil como víctima. Y esos dientes? En eso Khil se asemeja a Kiel, a Richard Kiel, al actor que interpretó a un enemigo de James Bond llamado Tiburón (adivinen por qué) en dos películas de la plomiza e inacabable serie. En esa boca hay más peligro que en un discurso sobre derechos humanos ladrado por Aznar. El remate, tierno, es el estilismo de la criatura. No es estridente, evoca infancias, a nuestros padres, a esos años en los que la plancha también gozaba de la categoría de peine. Tengo un blazier como el que lleva él, lo conservo con la esperanza que vuelva a ponerse de moda dicha prenda, como en su momento lo hicieron los tremebundos pantalones con pata de elefante. Lo que hoy sí sería delito es esa camisa con un cuello heredero de los de los uniformes militares europeos decimonónicos, y ese enorme nudo de corbata, reminiscencia de maroma portuaria. Todo el conjunto, en fin, se mueve con la prestancia de un robot que se está dando un garbeo hacia ninguna parte. Frankenstein yendo de boda, ni más ni menos.

¿A que se debe el boom de este, reitero, divertido engendro? Desde un punto de vista romántico, creo que hoy, saturados de efectos especiales para todo, y en lo audiovisual más que en cualquier otro lado, esta melodía optimista y este caballero rancio y bondadoso son el retrato de una sobriedad y, en consecuencia, de una realidad que añoramos, una realidad sencilla, accesible, pacífica. Eduard Khil somos todos, todos cantamos, canturreamos, silbamos, por la calle, en casa, en el trabajo (quien tenga), y no nos acompañan rayos láser, cuerpos de baile espasmódicos, modelos de Armani y coreografías rompehuesos. Khil nos recuerda lo auténtico en medio del caos en el que nos hemos sumergido, a rebosar de marcianadas, histerias, exageraciones y aventuras idiotas. Lo cotidiano puede ser amable, soportable, sin necesidad de aderezarlo con entretenimientos superfluos que, por caros, casi resultan obligatorios de gozar. Quizá la gente se está cansando de tanto show para distraer atenciones, de tanto discurso vacío a la par que interminable y que es la tapadera de negocios que nos secan el seso y el bolsillo, y por ello el remedio (puntual, no seamos ingenuos) es topar con algo que no tiene significado, como la vida misma.

Y desde otra óptica, el tardío éxito a nivel mundial de este hombre demuestra que cuando se tiene talento (no es broma) el reconocimiento acaba llegando, aunque en ocasiones llega con el artista ya enterrado. El barítono Khil, a sus 76 años, famoso solo en la vieja Rusia hasta hace cuatro días, ha dado un salto inimaginable que demuestra que los dictadores del gusto, sea musical, literario, cinematográfico, culinario o en la confección, no lo controlan todo. Solo por eso, bendito sea el señor Trololó. Para mí, Eurovisión ya tiene un ganador para muchos años, aunque el venerable intérprete jamás se presente a ese conclave de frikis casposos. Tras el la-la-la, el tro-lo-lo.

 

 

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