Lecturas de Verano

Siempre me ha parecido desalentador que la gente acumule libros durante el año para atragantarse con su lectura en la época estival, como si el alimento de sus apetitos literarios hubiese de ser seleccionado y guardado en imaginarias barricas culturales hasta que estuviese a punto para su degustación. Creo que lo que me desazona más es pensar que el resto del año no leerán nada, esto es, son aficionados transitorios, pasajeros, mensuales, en el mejor de los casos estacionales. De ida y vuelta.

Cultura | 16 de agosto de 2009
Domingo Cesar Ayala

No obstante, he de reconocer que las largas tardes de vacación son momento de inmejorables condiciones para sentarse a una sombra plácida y sumergirse en libros de cualesquiera sean la temática y adscripción genérica. A mí me suceden de un tiempo a esta parte dos fenómenos que me sorprenden (su reiteración en el tiempo no es óbice) y, generalmente, me agradan y hacen más llevadero cada verano, ya que a diferencia de la mayoría yo no huelgo estos meses. De un lado, vuelvo sobre algún autor u obra que hace tiempo no leo, y consigo descifrar otra lectura que reaviva mi gusto o (de vez en) me reposiciona en mi juicio, bien a favor bien en contra. Este año me ha ocurrido con dos poetas de distinta índole: Garcilaso de la Vega y Luis Cernuda.

La (re)lectura de Garcilaso viene motivada por cuestiones laborales. Lo cierto es que el poeta renacentista nunca se había contado entre mis preferencias. Reconocido su magisterio, me parecía un poeta de excesivo rigor y formalidad, cuya musicalidad y perfección rítmica iba en detrimento de aspectos como la consecución de altas cotas sensitivas. ¡Qué ciego había estado! ¿Es posible que una mala lectura inicial nos cierre el acceso de gozo que puede producir una lectura verdadera? Éste, creo, es el caso. El contenido de su poesía, de un petrarquismo estilizado, encierra una actualidad que radica en su concepción de los signos basada en la acronología de lo mítico, en el ejemplo atemporal de los clásicos revisitados en un doble bucle hacia el pasado. Sus finas metáforas, alejadas de la grandilocuencia hiperbólica manierista de años posteriores (que según Hauser entierra el humanismo renacentista), nos dejan un poso amable de literatura paladeada, degustada y admirada.

Con Cernuda mi romance viene de antiguo, de cuando no sabía leer con mirada adulta ni desentrañar una obra llena de profundas contradicciones que marcan la poesía de un autor romántico (quién sabe si el más romántico, incluidos los Espronceda o Larra) y vanguardista, de quien me apasiona una de sus características menos estudiadas, como es la trascendencia. Mi lectura de sus poemas, que me avergüenza reconocer algo abandonadas en los últimos tiempos, me visita como un viejo conocido al que descubres mejorado con los años, como esa amistad que recuperas y prometes visitar lo más a menudo posible para que el desapego no os haga perder el contacto.

El segundo fenómeno antecitado tiene que ver con una lectura de carácter novedoso, descubrimiento de novelista nunca leído o compromiso con lo recién estrenado. Mi verano comenzó con una antología bilingüe de poetas en lengua nglesa actuales: La isla tuerta. 49 poetas británicos (1946-2006). Lumen, Barna, 2009. Debo el regalo al amigo Cristian Ortas, quien se encuentra dando la vuelta al mundo (de cuyo viaje espero salga un precioso libro), y que pretendía sacarme de los poetas franceses, únicos que soy capaz de leer en lengua no española. Más tarde me embarqué en la biografía de Charles de Gaulle que escribió el Nobel católico François Mauriac. No quieran saber cómo el libro llegó a mis manos, porque la historia es de lo más rocambolesca, con fallecimientos incluidos. Lo cierto es que en ambos casos el escepticismo fue mi primera reacción, pero superada la reticencia inicial, saqué un cierto gusto del tiempo empleado, aunque por el momento no pueda incluir ninguno de estos platos entre los que mayor deleite (ni estético ni intelectual) me han procurado.

Quien sí me ha producido un enorme placer y me ha hecho pasar el, con diferencia, mejor momento de lectura desde hace mucho tiempo, es el amiguete Andrés Neuman, con su novela El viajero del siglo, último Premio Alfaguara de Novela. pero es tal su relevancia que me parece justo dedicarle un artículo en solitario. En breve.

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