Cogiendo flores

Cogiendo flores

Observen la foto, una niña cogiendo flores, el primer domingo de mayo, ese que se dedica a las madres. Acompañada de un señor mayor, que si es un jubilado, lo ignoro, aunque lo voy a suponer. Era la primera vez que los veía.

Cultura | 12 de mayo de 2009
Ricardo Gutierrez Ballarin

Por el entorno, como ocurre en pueblos y ciudades, no hay bancos donde se sientan los viejos para tomar el sol y ver pasar a la gente, es una urbanización mal comunicada de la periferia de Madrid, a unos treinta kilómetros del primer barrio de la capital, y los habitantes somos pseudo rurales de poco trato, que vivimos a gusto allí cuando no hay que viajar, pero nos complicamos la vida cuando tenemos que ir al centro, porque somos esclavos del coche, o de transportes públicos tardíos, que si se puede, se eluden.

El hombre mayor le ayuda a hacer el ramo, mientras sujeta en su mano izquierda la correa de un pequeño perrito que apenas se ve. No sé si somos vecinos, por las razones que he dicho. En un pueblo nos conoceríamos todos, pero en la urbanización nos ignoramos. Todo lo más, conoces a los que viven contiguos, y a los que están enfrente. Hay un club social, que ha tenido varios encargados, porque apenas se frecuenta, y el dueño de un "Super", que después de haber hecho un buen servicio durante muchos años, con sus víveres y restaurante, tuvo que cerrar, porque la mayoría iban a comprar a las grandes superficies del entorno.

Les saqué esa foto furtiva, y aunque me hubiera apetecido, no me paré a hablar con ellos, insisto, porque no es costumbre, ni se trata de hablar por sistema con los que te cruzas en la calle, para saludarlos y preguntarles: ¿es Vd. el abuelo de la niña?, ¿está jubilado?, ¿para quién cogen las flores?.... De haberlo hecho podría haber recibido como respuesta: ¡y a Vd. que le importa!. Así que tuve que poner a prueba mi imaginación.

La escena me pareció bella, y me puso un tanto sentimental, porque la belleza es esencialmente comunicación y capitación de sensaciones y emociones, y ellos me las transmitieron. La de la niña, es una vida por hacer, la del hombre es una vida hecha, con larga biografía. Los hombres recordamos la niñez y sus aventuras, con satisfacción.

Al describir las vivencias que me produjeron, no quisiera caer en lo que Valle Inclán denominaba "feo, católico y sentimental". Católico y sentimental, porque, entre otras cosas, me evocaron aquella serie televisiva de "Heidi", que antaño veía comiendo con familiares que han desaparecido, o cuando en el nacionalcatolicismo, en el mes de mayo, de niños, salíamos del Colegio, a buscar flores para celebrar el mes de María.

Lleva flores seguramente para la madre, que se habrá quedado trabajando en el hogar. Buscan florecillas silvestres; nada de ese consumismo que incita la publicidad a regalar bolsos, pulseras, sortijas...la crisis pide contención del gasto, y lo más valioso del abuelo y la niña, es ese tiempo que la dedican haciéndole un ramo, para que al llegar a casa, la den un beso, y las ponga en un vaso con agua, hasta que se marchiten, recordando la manifestación afectiva.

A él lo hago jubilado, y que está en la edad en la que ya es su propio jefe. Ahora vive sin estrés, disfruta más de su nieta, que disfrutó de sus hijos, cuando fueron pequeños, y tenía que madrugar, salir temprano de casa, luchar contra el tráfico y los atascos. En el trayecto hacia su trabajo en coche, en cada rotonda que tenía que atravesar, salían coches como si fueran hormigueros mecánicos. Tenía que frenar y avanzar lentamente, mirando el reloj, tensionando los músculos y nervios de la pierna derecha, la que actúa en el acelerador y freno del vehículo, o los de la izquierda, cuando tenía que actuar el embrague para cambiar de marcha. Multitud de cambios de velocidad, que después dejan dolores, y hasta fibromialgias.

Aparenta buen nivel económico, así que pudo ser empleado de buen sueldo, y hasta jefe. Hay hombres duros, que se ablandan para con los suyos, pero con los demás son lobos para otros hombres. Ahora camina más, puede ver amaneceres y ocasos más lentos, más personales, sin prisas ni aglomeraciones de la gran ciudad, dedica más tiempo a su familia. Es libre, dueño de su destino.

Ella representa unos seis años, hecha una mujercita, con media melena, minifalda, medias blancas, y lleva ya un buen ramo de varios colores, blancas, amarillas y rojas. Está en la edad de la gracia, la de los recuerdos inolvidables, cuando cada niño necesita sentirse especial y querido en su hogar. Es cuando experimentan necesidad del cariño y atención de sus padres, y familiares próximos. Cuando comienzan a preocuparse por los sentimientos y necesidades de los demás, y a desarrollar valores éticos.

La niña va a gusto con su abuelo, porque sabe que cuando se porte mal, siempre la perdonará con una caricia, y siempre que le pida ayuda, no se la negará. Le ha dado la oportunidad a que exprese sus sentimientos yendo a coger flores al campo, y mientras llevan a cabo el proyecto, hablarán y compartirán sentimientos.

La chiquilla grabará ese paseo en su memoria para toda su vida, y cuando el abuelo no esté, lo recordará con afecto. Le dará las gracias por haber estado junto a ella. Gracias por columpiarla, o cuando la iba a buscar al colegio. Así que él está "escribiendo" una de las mejores páginas de su vida, porque uno sigue vivo mientras te siguen recordando, y a la niña hay que suponer más de sesenta años de esperanza de vida. Sabe que cuando él no esté aquí, algo, algo... quedará de él, y le dará las gracias. Mientras que muchos con los que convivió, en su larga experiencia, le habrán olvidado, por mucho que al partir, le hicieran un homenaje de despedida, y le hicieran un regalo, que compraron a escote.

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