Ley mordaza

Ley mordaza

"Escribir en Madrid es llorar" - Larra.
"Escribir en España no es llorar, es morir" - Cernuda.
Y entre el llorar y un morir que se recuerda lento, se agarraba la pluma como ahora pulsamos las letras rápidas de un teclado que asiste a la locura. Esta droga dura, consumida por voluntad propia y sin espera. El libro acabará llegando, vivo o muerto, con una impresión que circuló más allá de la tinta. Aquel color azul que todavía existe, inyectado a conciencia en su pequeño depósito, mínimo, que se nos agotaba con frecuencia.

Actualidad | 31 de diciembre de 2014
Consuelo G. del Cid Guerra

Hemos retrocecido tantos años que incluso la avanzadísima tecnología se burla de nosotros. La ley mordaza impide poner las cosas en su sitio y menos en nuestra propia boca. Te la van a partir en menos que canta un gallo y serás el más ínútil de los terroristas, llamado por ellos, condenado al silencio.

Las redes, como telas de araña, atrapan para espiarte, para seguir tu rastro seas quien seas y digas lo que digas. Y ni siquiera tener nada será ya suficiente, te sentarán en cualquier banquillo aunque duermas en un banco. Llamarán a tu puerta con esa citación, por calvatrueno, insumiso, rebelde, antisistema. Por cualquier cosa que seas o no seas. Por escribir, en sí, sobre su suma.

La realidad se esconde, la palabra se mutila. Si dices lo que piensas estarás condenado. Los trucos del oficio, pese a todo, son asuntos del sabio que maneja su propio paraíso. La literatura es un cielo protector que solo conoce quien escribe, y la tierra se ha inundado de mentiras compradas al mejor postor. Solo el que apuesta por continuar sabe del precio, de su dolor de espalda, de las noches en blanco y las ojeras de búho. No importa la edad. El tiempo te recorre como la sangre en vena, latente, tibia y necesaria. Que nadie se aleje de las palabras, ni siquiera por hambre. Ni siquiera por miedo. Ellos no pasarán. Les quedan muy pocos meses, y el atropello debe ser general. Demos la cara como casi siempre, aún a riesgo de que nos la partan. No vivas tranquilo, porque estarás perdido. No tiendas a lo cómodo, continúa siendo incómodo. Yo sigo en el lado amargo, guardando los terrones de azúcar de los bares, tragando ese café negro que espabila al dormido.

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