Augusto Algueró

Augusto Algueró

Se ha ido a los 76 años. En la capilla ardiente del Palacio de Longoria, sede de la SGAE, un piano sobre el que se posa la rosa blanca de Penélope, que sigue tejiendo sueños en la mente de todos nosotros. Ha muerto de la forma más discreta: de madrugada, mientras dormía. "Piensa en mí, volveré por ti...".

Cultura | 17 de enero de 2011
Consuelo G. del Cid Guerra

Augusto es el dueño y señor de dos grandes décadas musicales, 60 y 70. Autor sensible, excelente persona para todos los que le han conocido. Más de quinientas canciones componen este gran legado para la historia que permanece en nuestros corazones. Nieto e hijo de músicos, nace en Barcelona en el año 1934. Su abuelo tocaba el piano para Raquel Meller.

Le gustaba ser presentado como niño prodigio porque lo fue, como también el príncipe de la melodía ligera, del baile agarrado y lento adolescente, de la guitarra, los discos de vinilo, ahora pesados y negros, como sus gafas ahumadas.

Premio de honor de la SGAE en 2005 por su gran contribución a la música popular.

Augusto era la batuta de Eurovisión. Alzaba su enorme brazo para escribir estrofas en el aire. Más de quinientos temas, que se dice pronto. La vida fue una Tómbola de luz y de color, Noelia, Te quiero, te quiero, Me conformo, la Chica yé ye´---Marisol, Nino Bravo, Serrat--- ha estado en boca de los grandes, versionado hasta la eternidad. Pero para mí es Penélope, esa mujer que se quedó para siempre sentada en la estación meneando el abanico. Ahora ya sé a quien espera...

Penélope,
con su bolso de piel marrón
y sus zapatos de tacón,
y su vestido de domingo.

Penélope,
se sienta en un banco en el andén
y espera que llegue el primer tren
meneando el abanico.

Dicen en el pueblo que un caminante paró
su reloj una tarde de primavera.

Adiós, amor mío, no me llores, volveré
antes que de los sauces caigan las hojas...

Piensa en mí, volveré por ti...
Pobre infeliz,
se paró tu reloj infantil
una tarde plomiza de abril,
cuando se fue tu amante.

Se marchitó
en tu huerto hasta la última flor,
no hay un sauce en la calle mayor
para Penélope.

Penélope,
tristes a fuerza de esperar,
sus ojos parecen brillar
si un tren silba a lo lejos.

Penélope,
uno tras otro los ve pasar,
mira sus caras, les oye hablar,
para ella son muñecos.

Dicen en el pueblo que el caminante volvió,
la encontró en su banco de pino verde.
La llamó: "Penélope, mi amante fiel, mi paz,
deja ya de tejer sueños en tu mente...
Mírame, soy tu amor, regresé..."

Le sonrió
con los ojos llenitos de ayer,
no era así su cara ni su piel:
"Tú no eres quien yo espero..."

Y se quedó
con su bolso de piel marrón
y sus zapatitos de tacón

Sentada en la estacón...

AUGUSTO ALGUERÓ.

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