Juan Carlos Mestre: Premio Nacional de Poesia

Primero de Octubre, parece que fue ayer. Fue ayer, mas de treinta años atrás, cuando las tertulias literarias en Amagatotis. Más que jóvenes, estudiantes, jovencísimos. Ya eras grande, Juan Carlos.

Cultura | 02 de octubre de 2009
Consuelo G. del Cid Guerra

Maestro de ceremonias, orador a la antigua, timbre de voz de príncipe feliz. Se nos deshacían las madrugadas en excesos de palabra, calientes diserciones, recitales adorables por todos los adorados, tantos..Algunos se marcharon demasiado aprisa "Raúl Núñez, todo el, en tu casa de la calle Nobel (curiosa coincidencia, tal vez nos veamos en Estocolmo algún día) cuando te despedías de España rumbo a Chile lucia yo un avanzado embarazo que entre humos y horas me deshizo el sentido. Bajamos la escalera, me derramaste unas gotas de perfume sobre la mano, yo te dije, ay Mestre, que me mareo" recuerdo poco más. Dicen que me cogiste en brazos, asustado, y tendida en la cama todos me daban aire -resultó una lipotimia que me obligó a permanecer muchas mas horas con todos-. No fue fácil tu marcha. En absoluto. El aeropuerto era pequeño para alguien tan grande. "Volveré", repetías. Fueron años de cartas que iban y venían, otras que nunca llegaron y entretanto tu premio Adonais.

Fue ayer. Todo aquello fue ayer. Tu esperado regreso, algo cansado, la casa que se deshizo sin ser roja, días y días tirando objetos servibles aligerando equipaje, las cosas que regalabas, cortinas teñidas por ti que se rasgaban con hojas de afeitar, cuadros que nunca se colgaron en pared alguna y todos los muros de la memoria. Las fotografías juntos que me cuesta no publicar aquí, entre la duda de lo intimo y la privacidad de un álbum que se hizo, porque es, familiar. Tus cartas, que son auténticos poemas. Y tú, el retrato de Dorian Gray.

Te he dicho esta mañana que tu alegría es la mía, y te quejas de que llevas treinta años esperando mi beso en el corazón. Ahora que todos los árboles han grabado los nombres y los espejos reflejan otros rostros con el resto de lo que físicamente fuimos, puedo ver a Raúl. Se ríe a mandíbula batiente mientras se bate en duelo por una copa de más. Le veo muchas veces como le veras tu. Vive en tu casa roja, esa que acaba de ser laureada ayer. Creo que nos esta esperando, encendida, para cuando el invierno se decida a concluir este largo viaje de versos permanentes, de la apuesta personal por vivir de otra forma y contra todas las formas. Ayer, porque fue ayer, te nombraron como se nombra a los excelsos, a los grandes insistentes, a los que están y son. Premio Nacional de Literatura: Juan Carlos Mestre. Por las brazadas de la abundancia y los tiempos necesarios, por tu fidelidad eterna, por ese laboratorio de insectos inyectados en colores, iris, manto y paisajes. Canciones, grabados, regalos, libélulas. Por tus tres gatos dormidos y despiertos que huelen a trementina, patchouli, barniz y betunes de Judea. Nunca seremos viejos, aunque el paso de las horas insista velozmente en disfrazarse de años. Queda todo lo escrito, lo que aun por decir se despereza en el hueco mas recóndito de nuestros corazones, donde se encuentra el beso que hoy reclamas, ese que aquí te entrego con forma de modesta crónica animada, en homenaje al grande, al amigo presente, al eterno poeta , a mas de treinta años construidos sobre tu casa roja, asilo de los resistentes, almacén de tus néctares, soledad consentida donde aun permanecen unas cuantas cuartillas. En ellas has escrito por todos los vencidos, benditos y especiales. Fue ayer cuando de pronto la luz se prolongaba con excesos egregios anunciando tu nombre.

 

 

LA CASA ROJA

 

A Carol Dom

 

Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja. Una casa donde los cardenales negros sacrifican papagayos a la voz del diluvio. El diluvio tiene las barbas blancas como el sauce de la jurisprudencia un domingo de bodas. Los predicadores aman la tempestad y golpean con sus Biblias de nácar la erección de los guardiamarinas. Las familias beben alcohol, se santiguan, recolectan insectos. El niño de la lámina se masturba plácidamente con la transparencia. La rosa de Jericó huele a vainilla. Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja. Una casa cuya ilusión está llena de peces, el pez de San Pedro, la conciencia del delfín encerrada en el aro de la bahía desierta. Lorenzo de Médicis tenía una casa roja, las maniquís de Bizancio tenían una casa roja. Mi corazón es una casa roja con escamas de vidrio, mi corazón es la caseta de los bañistas cuya eternidad es breve como columna de lágrimas. El minotauro hace rodar sus ojos por el acantilado de las estrellas, la herida del anochecer hace su nido en la arena. Yo hablo con alas, yo hablo con humo de lo ardido y lava de diamante. La geometría bebe veneno, en el canto de los pájaros suena la armonía del baile de los muertos. En la casa roja hay una mesa blanca, en la mesa blanca hay una caja de plata con la nada del sábado. La intemperie gime contra los muros, la tristeza gime contra los mármoles. El profeta tuvo una casa de papiro a la orilla del lago, la muchacha del ghetto vivió en la casa de las preguntas. Mi mano izquierda luce un anillo de agua, en el camafeo de la supersticiosa brilla el mercurio de la temperatura. Lo que canto es lumbre, caballos lo que canto contra la aritmética y los números. Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja, una casa bajo el índice del cielo y el negro nenúfar de la amante devota. El muchacho con ojos de ebonita ama la enfermedad y el rubí de los reyes. Las mujeres hermosas sueñan con acuarelas, sueñan con garzas y volúmenes y súbitos prodigios sobre las alfombras de lana. Yo vivo extraviado entre dos rosas de sangre, la que tiñe la calamidad de impaciente belleza, la que tiñe la aurora con su astro eucarístico. Mi voluntad tiene la cólera del orfebre, mi capricho tiene el óxido de una frente de hierro. Nadie cruza los bosques malignos, nadie sobre la yerba de la muerte escucha el desconsolado discurso de las ceremonias asiduas. Yo veo el arco iris, yo veo la patria de los músicos y el olivo de los evangelios. Mi casa es una casa roja bajo la fibra de un rayo, mi casa es la visión y la beldad de una isla. Aquí cabe la gala del mandarín y la escrupulosa usura de las edades antiguas. Esta casa mira al norte hacia las lagunas de helechos, esta casa mira al sudeste azotada por el aliento de los que piden limosna.

 

© Juan Carlos Mestre

 

 

 

 

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