Puntos de encuentro familiar: la tortura
Opinión - 25 de noviembre de 2019
Escrito por Consuelo G. del Cid Guerra
 

Una hora a la semana. Algunas, cada quince días, en un lugar extraño y desafecto. Se cierra la puerta. Dejan a la madre en una habitación cuadrada, con algunos juguetes sin el más mínimo sentido de pertenencia.

La ventana, siempre cerrada. No está permitido abrirla. Y así, la madre puede esperar el rato que les plazca, hasta que llegue el padre.

-Tiene la custodia. Denunciado por maltrato y abusos sexuales, pero todavía no hay sentencia firme. Me dicen que es su padre y que los niños "necesitan" esa figura. Nadie me ha escuchado. Nadie me cree. Me separaron de mis hijos en un arrancamiento judicial. Yo ni siquiera imaginaba que algo así podía existir.

Está prohibido hacer fotografías. Tampoco se puede abrazar demasiado al niño, ni decir que le quieres. Una mujer anota todo lo que sucede, está ahí, mirando, escuchando. Lo llaman "visita supervisada". No existe libertad alguna para poder expresarse, todo se tergiversa.

-La madre carece de habilidades parentales. Se muestra nerviosa y deprimida. No sabe jugar con su hijo. Hace preguntas inadecuadas. Llora en presencia del niño.

El padre llega tarde, pero no importa. Quince minutos menos. En las últimas semanas ni siquiera se ha presentado, pero incumplir ya no es delito, al parecer. Hace lo que quiere, mientras la madre hace lo que puede, sumida en un proceso de humillación que se acrecienta con el tiempo. Tiempo : ese es el factor. El tiempo perdido, la lejanía de una relación que fue maravillosa, cuando la quería hasta el fin del mundo mil veces y vuelta a empezar, más que a la luna y las estrellas, más que a nada cuando mamá lo era todo.

-La madre utiliza demasiadas palabras cariñosas y se acerca en exceso al niño, que parece desorientado. Pregunta por el colegio y por la salud insistentemente. Realiza gestos a espaldas de la supervisora buscando una complicidad no recíproca.

Las carceleras institucionales actúan sin la más mínima empatía. Cuando se les pregunta algo, responden como autómatas repitiendo las mismas frases.

Mientras tanto, se impulsa la creación de más puntos de encuentro. Que si la mediación. Coordinadores parentales. Espacios neutrales y acogedores. Normalización de las relaciones familiares. Nada más lejos de la realidad.

-Y entonces, yo me pregunto cómo he podido llegar a esto. Se supone que la justicia debía actuar, y protegerme. Pero la realidad es que me han quitado a mi hijo, con muchas palabras, sí, con cientos de informes que mienten a placer. Yo no tengo nada que ver con la persona que sale reflejada. Cuando los leí, pensé que se habían equivocado. Que hablaban de otra. Pero no. Es mi nombre el que aparece.

El régimen de visitas en las cárceles es mucho más llevadero. Los niños pueden visitar a l@s pres@s sin ningún tipo de supervisión. No hay persona extraña que se presente. Nadie está anotando nada. Se habla con libertad ... ! libertad ! ... qué inmensa ironía. Pero allí, las cosas están muy claras : se visita al delincuente que cumple condena. Es un derecho.

Sin embargo, en los puntos de encuentro, l@s delincuentes viven con sus hijos, hayan sido (o no) juzgados, porque a quien se cuestionará en adelante es a la parte contraria por no someterse al infortunio crónico de una existencia que hoy se discute imponiendo el falso síndrome alienador.

-Cuando me dijeron que suspendían las visitas, entendí por qué las ventanas del punto están siempre cerradas.