Del famoseo y su hermano menor
Opinión - 29 de agosto de 2019
Escrito por Consuelo G. del Cid Guerra
 

Cantan sin tener voz, firman libros de memorias que no han escrito ellos (créanme, yo de esto sé), conferencian sobre nuevos dioses, se enchufan al coaching, son contratados como imagen para cualquier tipo de marca, se agitan en Instagram, vociferan en Twitter y se aman a sí mismos sobre todas las cosas.

 

No importa por qué saltaron a una fama espontánea: Da lo mismo echar un polvo con cualquier personaje mediático, sea mentira o verdad, haber sido alguien en su pequeño mundo y explotar el asunto como si fuera un huerto donde crece la pasta. Se acabaron los tiempos de cachés disparatados, que ahora se empieza con 900 y -si hay suerte- la cosa sube, siempre dependiendo de la audiencia. Viven al día, se gastan lo inimaginable y, cuando se acabó el chollo, también tienen su momento: estoy arruinad@, pobre de mí, con lo que he sido, me echan del piso, que me veo en la calle, tomo muchas pastillas para dormir...

Caído el telón, se levanta la bestia. Serpentean contactos, dicen guardar secretos y saber más por lo que callan que por lo que cuentan, y con un poco de suerte, algun@s incluso pueden aspirar fácilmente a cargos oficiales y puestos políticos relevantes. Valor, se les supone. Jeta, toda la necesaria. Preparación, ninguna. Basta con esa cara familiar que ha inundado la pequeña pantalla tarde tras tarde y alguna noche gloriosa en la que -incluso- lloraron en directo. Acotumbrad@s a ser muy solicitados en la calle: "una foto, por favor, una foto", y así, retratados hasta la extenuación con el pueblo llano, cuelgan las instantáneas en las redes, donde el resto, anónimo españolito, sueña con lo mismo.

"Voy a hacer un directo". Claro, nos ha jorobao, un diferido no puedes: no estás en la tele.

Cuando Ana Obregón afirmó que "ser escritor es muy duro", se me desencajó la mandíbula. Y hace pocos días, nada menos que Leticia Sabater, debutó como "escritora de novelas". No se lo cree ni el Tato, obviamente, pero son ventas de impulso que superan de largo las cifras de cualquier escritor medio que se deja la vida trabajando. Hasta ahí, digamos que soportable. Pero que nombren Director General de Juventud a un famoso sin la más mínima formación al respecto, es grave. Y ahí tenemos a Pedro García Aguado, cuyos méritos no son otros que presentar un reality lamentable donde la redención inmediata de unos cuantos chicos problemáticos parecía estar garantizada en la pequeña pantalla. Lo peor del asunto, es que muchos lo creyeron.

Atrás los profesionales de la educación, psicólogos y demás, total ¿quienes son?. Una turba de gente desconocida que estudió la carrera. He aquí al dios mediático por excelencia fichado por el PP: al lorito con la ideología que va a imponer. Como era de esperar, el chorreo es importante, y el hombre se defiende como puede. Solo nos falta escuchar una cita de Coelho en el Congreso, que todo es posible a estas alturas.

No hace muchos años, un aspirante me preguntó: "¿Ya soy famoso?". A lo que respondí: "Con la que acabas de liar, digamos que sí, pero todo esto pasará su factura y caerás en picado. Tú mismo". Y ahora, que todavía le insultan por la calle, dice que no lo entiende.