Eugen Dorcescu

Poeta, prosista, ensayista; miembro de la Unión de Escritores de Rumanía. Doctor en Letras. Ha publicado (obra poetica):  
  • Omul de cenu?? (El hombre de ceniza, L?homme de cendre, The ashes man), antología de autor que incluye los ocho libros de poesía, aparecidos entre 1972 y 2001, 2002;
  • Biblicele (Las Bíblicas, Les Bibliques, The biblicals), 2003;
  • Elegii (Elegías, Elégies, Elegies), 2003;
  • Moartea tat?lui (La muerte del padre, La mort du père, The father?s death), 2005;
  • În Pia?a Central? (En la Plaza Central, Dans la Place Centrale, In the Central Square), 2007 ;
  • Omul din oglind? (El hombre del espejo, L?homme du miroir, The man of the mirror), antología de autor (2003 ? 2008), con comentarios y bio-bibliografía, 2009;
  • Abyssus abyssum invocat, 2009;
  • drumul spre tenerife (el camino hacia tenerife, le chemin vers tenerife, the way to tenerife), 2009;
  • el camino hacia tenerife, Santa Cruz de Tenerife ? Las Palmas de Gran Canaria, 2010.

Cultura | 15 de julio de 2010
Rosa Lentini y Eugen Dorcescu

?¿Cuándo el mundo se dará cuenta de que Eugen Dorcescu es uno de nuestros grandes poetas contemporáneos?... Con el riesgo de repetirme, tengo que señalar que Dorcescu debe ser considerado como uno de los más importantes y valiosos poetas actuales de la literatura rumana, de hecho, uno de los relativamente pocos poetas verdaderos que han escrito en las últimas dos décadas en esta zona situada entre el Danubio y las Cárpatos?. (Virgil Nemoianu, catedrático, Catholic University of America, Washington, vicepresidente de la Academnia Europea de Artes y Ciencias).

 

*


??el encanto indicible de la poesía de Eugen Dorcescu. Aleación sutil, inestricable entre la sensación y el espíritu, entre la vivencia y el ensueño, entre lo profano y lo sagrado?.

(Adriana Iliescu)






Poemas del Viejo*


1


El viejo

ha simplificado,

ha hecho un gráfico

de sus afectos. Dice

que la jerarquía de sus amores

comienza con Iah Elohim, continúa

con su esposa, con los nietos, las hijas, con

los parientes y los hermanos ? los según la carne,

los según la fe ?,

se detiene en los semejantes,

diluyéndose enormemente, para

repartirse por igual en cada uno,

vuelve luego, regresa a

sí misma, confiada,

pero el viejo no quiere

recibirla, sabe

que amar a alguien entre los hombres

significa

desear vivir en lugar del otro,

para protegerle contra los horrores de la vida,

sabe

que odiar a alguien significa

desear hacerle vivir

en lugar tuyo,

y el viejo ni se ama a sí mismo

ni se odia,

hace mucho que ya no vive en

su lugar,

ya no vive

en lugar alguno

y aún no ha muerto.



2


Los cadáveres aún vivientes de

la ciudad

le dieron al viejo una

acogida indiferente, una acogida

amistosa,

hacía sol, calor,

los coches menudeaban por todas partes,

los árboles se estremecían,

cubriendo tumbas de

aire,

olía, sutilmente, a pasaje, a

descomposición, a

podredumbre,

en los escaparates el sol

- sacristán diligente ?

encendía candiles, apagaba

candelas,

cada vez hacía más calor,

los cadáveres estaban llenos,

de pies a cabeza,

de largos gusanos

de sudor.



3


Incompatible con

el espacio, con el tiempo,

el viejo se complace, en

soledad, acrónico,

obligado, sin embargo, por la palanca

implacable de la gravitación,

a quedarse fijado en un sitio,

a un topos, al espacio

al cual ya nada le vincula,

excepto la repulsión.

Pero incluso el tiempo deshace y

desgarra ? el tiempo, criminal invisible,

profundamente clavado

en el corazón del espacio, profundamente

clavado en el cuerpo

del viejo,

mordiéndole el alma,

ensangrentándole el alma,

por la noche sobre todo,

tarde por la noche,

recorriendo las pesadillas,

como una hiena.



4


El viejo está tan

solo, que

ha llenado, con su delicada

sustancia, el espacio y

el tiempo,

el viejo está tan

solo, que

no halla lugar en

el espacio y en el tiempo,

se ha agachado en

su antigua carroza de

ceniza,

con un cochero de

ceniza,

con dos caballos de

ceniza,

está respaldado por la tapicería

de ceniza,

recorre un paisaje

inimaginablemente desierto,

inimaginablemente bello,

obra de la incineración universal,

recorre un paisaje sobre el cual

la noche desciende definitivamente,

una sola pequeña llama, un resto

de incendio cósmico,

alumbra,

desde muy lejos,

su blanco camino

de ceniza.



5


Las hijas del viejo no

le han olvidado, aunque, de hecho,

casi no le recuerdan.

Él no las acusa, nunca

acusa

a nadie (quizá incluso

no le recuerdan por eso),

contempla tranquilo el gran

río del tiempo (se parece a

Ibru, se dice a sí mismo),

espera el momento de

abrazar a su mensajero en

llamas,

cuando entre y se

haga invisible en la familia

del fuego,

cuando las hijas del fuego,

los nietos del fuego

lleguen a ser

su propia

familia.



6


Al viejo

le asquea

el día

lluvioso, el

aspecto de la ciudad,

el mercado hediondo,

los semejantes sucios, pobres,

erizados, desesperados,

se asquea de sí mismo,

de su propia vida,

que, recogida en casa,

ha borrado, con

un gesto decidido, decisivo,

ha borrado, sobre

la tela vacía del día,

su estatura, su sombra

y sus huellas ?

igualmente hacia atrás

y hacia adelante.



7


El sol ? con su luz,

esparcida, desigualmente,

sobre la ciudad ?

le da al viejo

un porte de esfinge.

No podría explicar la fuente y

la génesis de esta analogía,

ni se afana en explicarla,

vive, sencillamente, la inmensa

fatiga del enigma,

la inmensa carga de los rayos

entretejidos,

el inmenso terror

del sol hermético, extraño, pesado,

agobiante, inexistente,

querría, tímido,

arrancarse de sí mismo,

ser libre, ligero,

mirar desde el aire el panorama

de la primavera florida,

y luego,

regresar al secreto país,

a sus flores de

ceniza.



8


El viejo se

obstina en ser

fiel

a su misantropía

generosa,

el viejo es tan

noble, que, podría

afirmarse, como

ya se ha dicho,

que es justamente cruel,

el viejo ama a los otros, y

se odia a sí mismo,

odia su presencia en la

promiscuidad de la ciudad,

en la amalgama de los borrachos,

de los canes, mendigos

e inversionistas estratégicos,

odia su ausencia en

otro siglo, en

otro mundo,

odia su día de ayer,

porque se rebajó a vivirlo,

odia

su día de mañana,

porque podría rebajarse

a abandonarlo.



9


El viejo se complace con

antelación

en el tedio sin par

de la muerte,

ese festín fúnebre

comenzó hace mucho,

casi en la infancia,

el viejo ha vivido frenéticamente,

ha amado, se ha divertido, ha trabajado,

pero, ni siquiera por un momento,

ha abandonado la mesa de niebla y humo

de Thanatos,

a través de sus sombras miró

a sus comensales,

en su oscuridad devoró

su aburrimiento, su náusea, su asco,

en ese festín se encuentra él

ahora,

cuando la primavera no es otra cosa, sino

una invasión soterrada de

gusanos

y una explosión celestial

de ceniza.



10


Vislumbro una sola

fiesta existencial, se dice

a sí mismo el viejo,

saliendo de la pesadilla

nocturna y

entrando, vacilante, taciturno, a

la pesadilla que precisamente

comienza,

una sola fiesta, solamente

una, ubicada

al final de este periplo

más tajante que cualquier tortura,

una sola fiesta, un

canto que une cuerpo,

alma y cosmos, un

himno,

dirigido a la solidaridad astral,

a la liberación, al dolor, a la luz,

una fiesta que se inicia en

ti y acaba en

ti,

en ti, ser trágico y desgraciado,

pero una fiesta después de la cual

sigues dividido:

en el aire ? llama,

y abajo, sobre la tierra ? ceniza.



*(Traducción del rumano ? Elegii, Editorial Mirton, Timi?oara, Rumanía, 2003 - : Rosa Lentini y Eugen Dorcescu)







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