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La gran capital me recibe con sus galas nocturnas. Las principales empresas del país han patrocinado un festival de luces azules que flotan en las fachadas de los edificios importantes.
La torre de TV se alza esplendorosa en su nuevo manto azuloso y los árboles de las avenidas despiden destellos irreales. Camino por el mismo Berlín de siempre, completamente distinto. Es la misma ciudad que despertó los odios de la Segunda Guerra Mundial, las tensiones de la Guerra fría y las pasiones de la Copa Mundial de Fútbol. Es una mención obligada en los libros de historia, pues la Puerta de Branderburgo y el Muro de Berlín dejaron marcado para siempre el siglo xx. La frase “¡Nos vamos a Berlín!” ha sido esgrimida en ruso para denotar en 1945 el avance de los Soviets sobre el último baluarte del fascismo hitleriano, y seis décadas más tarde, pero en alemán, era tarareada por oleadas de simpatizantes del equipo germano, ansiosos de ver a sus idolatrados futbolistas en el recién remodelado Estadio Olímpico de Berlín para discutir el partido final de la Copa del Mundo. La urbe cambia a ojos vistas y no deja al recién llegado recuperarse de una sorpresa para entrar en otra. Lo que era, ya no es y lo que no ha sido muy pronto será. Los grandes almacenes en Alexander Platz y su hotel vecino exhiben ahora nuevas fachadas, y la propia plaza está siendo sometida a una cirugía plástica de gran calibre. En este terreno desolado muy pronto se erigirá un complejo de oficinas y aquel edificio ha sido demolido para construir un centro comercial. Las grúas constructivas espolean el horizonte y el proceso es de todo, menos aburrido. Al final, la existencia se abre paso entre las calles nuevas y viejas. La vida sigue… diferente. Sin duda, en estos días el gran imán para nativos y turistas es la Isla de los Museos, todo un impresionante complejo erigido hace dos siglos, cuando el poder de Prusia regía gran parte de los destinos de Europa. El Boden Museum ha sido remozado y el éxito de su reapertura lo confirma una larga fila de espera, que le da la vuelta a todo el perímetro y cruza dos puentes. Mas allá, el Museo de Pérgamo, el Museo Nuevo (cerrado al público para reparaciones generales) y por último, los nuevos brillos del Museo Viejo. Precisamente allí, muy cerca de la Gran Catedral de Berlín, me encuentro con una vieja amiga. La última vez que la vi, más de diez años atrás, ella aún habitaba en el occidente de la ciudad. Tenía la vista sumergida en el castillo de Charlottenburg, que se divisaba a través de la ventana de su sala, y su mejilla perfecta, el contorno negro de la almendra de sus ojos, lo refinado de su nariz y su cuello esbelto como el de un cisne, provocaban que nadie pudiera pasar a su lado sin detenerse a observarla. Una década más tarde, su perfil seductor sigue inalterado. Solo ha cambiado su posición. Ahora el busto de la Reina Nefertiti, la bella que viene, ocupa el centro de la sala principal del Museo Viejo, en el eje de simetría del edificio. Es exactamente la misma situación de la máscara fúnebre de Tutankamón en el Museo Egipcio del Cairo. Un parentesco interesante, pues el joven rey Tut fue en vida yerno de la faraona, y el fascinante busto de yeso de Nefertiti es, junto a la máscara de oro de Tutankamón, la imagen mejor conocida de la historia egipcia. El busto de la que es hoy “la mujer más famosa de Berlín” tiene su historia. El esposo de Nefertiti, el faraón Amenofis IV, cambió su nombre por el de Akenatón, combatió el sistema de dioses reinante hasta entonces e implantó un nuevo culto a Atón, el dios del disco solar. Desencadenó toda una revolución religiosa en su época, en la cual la faraona no era una simple concubina. Ella era su corregente, sacerdotisa y parte activa del quizás primer intento en la historia de establecer una religión monoteísta. Para la nueva deidad erigieron grandes templos en Karnak, la ciudad sagrada junto a Tebas, la antigua capital del Imperio. No satisfecho aún, el joven rey hizo construir una nueva capital: “La ciudad del Horizonte de Atón” o Aket-Atón, que en el Egipto moderno se conoce por el nombre árabe de Tell el Amarna, a unos 300 kilómetros al norte de Luxor. Y precisamente hasta Amarna llegó una expedición berlinesa de la Sociedad Alemana del Oriente, bajo la jefatura del profesor Borchardt. Dividieron el terreno en rejillas de 600 pies cuadrados y un mediodía, el 6 diciembre de 1912, cuando el jefe de los arqueólogos dormía la siesta en su cabaña, fue despertado por una gran algarabía. Pronto se supo la causa de tanto alboroto: mientras cavaba en la casilla P-47 del sitio 19, el obrero Mohammed Ahmes Es-Senussi se había convertido en la primera persona en ver la cara de Nefertiti en 3 300 años. Al desenterrar la figura, se comprobó que el único daño visible eran los lóbulos saltados y la falta del estucado de la retina del ojo izquierdo. Los exploradores habían dado nada menos que con los escombros de lo que debió haber sido el taller de alfarería de Tutmosis, el escultor jefe de la corte de Akhenatón. Otras figuras de yeso de Nefertiti y su hija Merit-Atón estaban incompletas, pues el taller fue abandonado poco después de la muerte del faraón, cuando la corte fue trasladada de nuevo a Tebas. Con este hallazgo el mundo fue seducido por la hermosura de una faraona olvidada. El busto fue sacado de Egipto de contrabando, disfrazado como pedazos quebrados de cerámica, y llevado a Alemania. En 1913 James Simon, quien había financiando las excavaciones, adquirió las obras y las donó en 1920 al Museo Egipcio de Berlín. Así la cara de Nefertiti se convirtió en símbolo de la belleza femenina imperecedera y una de las figuras más subyugantes de la historia. El haber sido una mujer bella, pero además inteligente y audaz, la transformó en leyenda. Recientemente, el famoso busto fue traído con toda la colección a la Isla de los Museos, donde la bella que viene es admirada por visitantes de todo el orbe. Nefertiti sigue conquistando corazones. Para mi viaje de regreso tengo que dar un salto casi de cuatro milenios. Tomo mi tren ICE en la nueva Estación Central de Berlín, obra de ciencia-ficción y gran nudo ferroviario del siglo xxi. Arribo por uno de los seis andenes que corren varios metros sobre la superficie del terreno, algo común en los ferrocarriles urbanos de Berlín. Desde el exterior, el edificio llama la atención por sus cúpulas elípticas de cristal, que se cruzan en dos grandes naves sin apoyo interior para formar el techo. Pero al mirar hacia el fondo comienza la maravilla. Cinco pisos más abajo se cruzan otros diez andenes que desembocan en la estación, luego de haber atravesado todo el centro de la metrópolis por un gigantesco túnel. Como el recinto es hueco, la luz del sol llega hasta el fondo de los andenes, los pasillos por donde hormiguean los pasajeros se convierten en puentes, las escaleras son cintas zigzagueando en el espacio y los elevadores con paredes de cristal le dan un toque de ingravidez al complejo. Las salas de espera flotan en el espacio, lo cual es acentuado por el hecho de que los seis andenes de la superficie están sustentados desde el fondo por esbeltas columnas de unos 30 metros. Ellas, sin soportes intermedios, aguantan todo el peso de los trenes que circulan cinco pisos más arriba. Mi ICE se aleja veloz del corazón de la urbe germana, donde lo milenario y lo ultramoderno se dan la mano. Por mi ventana desfilan los edificios capitalinos. Nuevos y los viejos, unos surgen y otros desaparecen. Lo único que no cambia es el cambio. Y al final nos queda Berlín, el mismo distinto de siempre.
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